Lo ves un día, lo ves al siguiente, hasta que cierra los ojos, y no vuelve a abrirlos. Verlo así, inmóvil, pálido, era (y es) la peor sensación que he sentido hasta ahora. Un dolor agudo, punzante. Recuerdo que en esos últimos días solo podía pensar en él, en nadie más, y los días, la semana entera intento concentrarme en clase, pero es imposible. Necesito verle, aunque él no pueda, y hablo con él, le cuento como me ha do el día, aunque no si es capaz de escucharme, pero necesito que sepa cuanto le quiero.
Estando a su lado veo como su tono de piel cambia, tornándose amarillento, y se que le estoy perdiendo. Llanto, desesperación, un vacío interior que cada vez es más grande. Las lágrimas no paran de salir, mi corazón se ha encogido, intenta volver a la normalidad, pero ni él ni yo lo conseguimos.
Los días pasan, lentamente, y con cada día superado voy aceptando que se ha ido, que no lo voy a ver nunca más, y se me parte el alma. Pero ahora puedo pensar en él y sonreir ante su recuerdo, notar el calor de sus abrazos y dedicarle unas palabras de amor, pensar en él y aguantar las lágrimas, aunque mi corazón sigue encogiéndose cada vez que lo hago.
Ojalá estuvieras aquí para ver la mujer en la que me he convertido, para que me veas crecer.
Ojalá estuvieras aquí para ver la mujer en la que me he convertido, para que me veas crecer.
Te quiero, Abuelo, y siempre, siempre, voy a quererte.
Nerea.
Cap comentari:
Publica un comentari a l'entrada